Un balcón sobre el valle

Parte 1: http://yogurconcopos.com.ar/2010/02/palabras-simples-que-nunca-supiste-pronunciar/

Parte 2: http://yogurconcopos.com.ar/2010/06/el-salon-de-bienvenida/

Ningún lugar, por más lejos que se encuentre o por más extraño que nos resulte en primer instancia, se nos evade de la familiaridad si le damos tiempo. El pequeño pueblo que nos llenó de entusiasmo e invitó a vivir el primer día del resto de nuestras vidas luego de cinco semanas ya se sentía como casa. Puede que no haya sido mucho tiempo, pero cambiar de planeta no es como cruzar el océano. No era nuestro primer viaje y habíamos vivido muchas veces los límites del idioma al visitar países donde la lengua común no era la norma, pero nunca nada como esto. No entender las palabras era la última de nuestras preocupaciones: durante varios días sentimos que no podíamos siquiera entender a nuestros cuerpos.

Encontramos la nueva casa tal como recordábamos haberla diseñado usando el catálogo que acompañaba al permiso de viaje. Aunque jamás hubiéramos imaginado que el aire sería tan denso a pesar de la altura. Tan poca confianza teníamos en que recibiríamos aquel preciado permiso que nos decidimos a elegir la casa de nuestros sueños o, al menos, la casa que más se le pudiera parecer de acuerdo a las opciones del catálogo.

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Olivetti y sus historias

Insectos que se acomodaban entre los restos de viejos desayunos y almuerzos, las latas de veneno –vacías- con sus despintadas calaveras que recordaban que hace mucho nadie se preocupaba por el lugar, la ropa que se convertía en una segunda alfombra, y entre todas esas imágenes, un prolijo escritorio con pilas de libros bien alineados, una robusta máquina de escribir que resistía a los años, un cenicero que había sido vaciado recientemente, y un arrugado anciano que sosteniendo un cigarrillo apagado, revisaba notas y correcciones de lo que parecía el borrador de un libro comenzado hace demasiado tiempo.

El viejo no sentía los dedos. Quizás era por la mala circulación, la postura encorvada, o la costumbre de escribir durante horas sin parar en esa ruinosa máquina de escribir. A veces hasta se lastimaba por los rebordes de las teclas y sólo notaba la sangre sobre sus uñas cuando esta ya estaba seca. Lo que había comenzado como un hábito de la vejez, «un capricho porque está viejito» según sus hijos y nietos, una costumbre comparable con fumar puros o dedicarse al modelismo naval, rápidamente se instaló como una peligrosa ocupación.

El viejo no hacía nada más. Apenas si comía para que el cuerpo respondiera lo suficiente como para seguir escribiendo. «¿Pero qué escribes, abuelo?» solía escuchar cuando lo visitaban (principalmente para chequear sus signos vitales). «Escribo novelas, cuentos, poemas, a veces algún relato de viajeros y arqueólogos aventureros, recetas, manuales de instrucciones, cartas de amor, cartas de reclamo y cartas de lector, escribo todo lo que quede por escribir», sin hacerse mucho problema respondía.

Los borradores se amontonaban por la habitación y difícilmente se los podía diferenciar de las obras terminadas; todos los montones parecían ser desordenados puñados de hojas. Su familia ignoraba el orden de todos esos escritos, y muy pocas hojas tenían alguna aclaración. El viejo escribía como si supiera dónde debía ir cada palabra y solía repetir la anécdota de que Marx al escribir de puño y letra nunca hacía correcciones, como si sólo transcribiera cartas ya escritas en su cabeza. No le importaban demasiado sus escritos por el piso, y hubiera sido ridículo siquiera preguntar por publicarlo todo.

Aquél sábado se levantó como cualquier otro, casi a las 7 de la mañana, prendió la hornalla y olvidó poner algo en ella. Se sentó a escribir, y pasó al papel aquellas ideas que le daban vueltas luego de acostarse la noche anterior, y antes de abrir los ojos esa mañana. Recordó la hornalla y puso agua a calentar.

La tumba hoy en día lleva encima una escultura de bronce, réplica de aquella vieja máquina de escribir, lo suficientemente detallada como para que se puedan leer aquellas últimas palabras, con todavía una oración a medio armar y la tecla final a medio camino.

(Sangre, escultura, ignoraba, insecto, calavera)

Disrupción

Una disrupción es un evento que constituye una desviación no planificada de cierto proceso, una alteración respecto de las expectativas, en última instancia, un cambio de planes.

La idea era llegar del punto A al punto B en el menor tiempo posible. El casamiento comenzaría al mediodía, y aunque llegar primeros no era en absoluto lo que queríamos, tampoco queríamos llegar cuando los invitados desfilaran apoyados unos en otros para no tambalearse en el camino a sus coches. No hicimos a tiempo de revisar el estado de la autopista y no atinamos a revisar cómo sería el clima en esa mañana otoñal.

La noche anterior prácticamente no habíamos hablado, ella seguía enojada por lo que había sucedido. Bajé las escaleras y subí al auto, las ventanas comenzaron a empañarse automáticamente. Olvidando la discusión sólo me concentré pensando en las camisetas que tenía limpias en mi armario y me puse a evaluar cuál sería la mejor para el viaje. De todas formas, era una pérdida de tiempo: era un casamiento y se esperaría de mí que usara camisa. Logré distraerme un rato más pensando en mi vestuario, hasta que junté coraje y subí nuevamente. Entré a la casa sin tocar y ella estaba sentada en el living, apenas iluminada por la lámpara de pie que habíamos comprado en la tienda de segunda mano el invierno anterior. Levantó la mirada lo mínimo indispensable -supongo que para que yo no lo notara- y siguió con su libro. Yo no quería jugar al juego del silencio. Me acerqué con una taza de té y como si se tratara de una ofrenda la dejé apoyada en la mesita junto a su brazo.

La habitación se veía como un antiguo campo de batalla, probablemente lo suficientemente rico en detalles escenográficos como para que cualquier investigador pudiera inferir lo que había pasado unas horas antes. Me senté en la cama no más de un par de minutos, supongo que con la esperanza de que ella apareciera inmediatamente, pero me pareció ridículo y me puse a revisar el armario. Zapatos, camisa, pantalón, ropa interior, corbata, saco, gemelos, listo. Cerraba el cajón cuando ella finalmente me tomó por detrás. Supongo que necesitábamos pelearnos, y eso fue lo más ridículo de todo: más de dos años juntos y apenas si alguna vez chocábamos. Nos acostumbramos a hacer lo que otras personas querían y dejamos que así pasara el tiempo. Su familia y sus exigencias, la mía y su falta de ellas. Las cosas habían dejado de sentirse bien.

Durante el largo camino cada tanto le pedía que se despertara, para que yo no me durmiera. Las canciones se repetían y yo insistía con escuchar discos de Limbeck. «Música para viajes en auto», le decía.

Era muy extraño, íbamos a llegar tarde a nuestro propio casamiento. La noche anterior tomé toda la ropa elegida y la dejé a un costado. No hubiera sido yo si ese hubiese sido mi vestuario. Ella se veía hermosa, como siempre, y yo me sentía genuino, manejando con mi camiseta favorita puesta.

El hombre de los nombres

Hace no mucho más de una semana, luego de varias reuniones, una gran madre, otra gran doctora, bastante valentía y otra parte importante de estímulo de una gran amiga, hicimos un gran descubrimiento. Sin duda uno que sirve de explicación a una gran cantidad de pequeñas “gotitas” de rarezas mías. Aspectos que me definen como persona pero que no siempre pudimos entender por qué estaban ahí y por qué eran tan difíciles de corregir, asumiendo que debían ser corregidos.

El asunto de por qué hay tantas cosas que no entiendo, como la manera en que actúan los demás y la manera en que muchas veces se espera de mí que actúe, mientras que otras las entiendo con ridícula facilidad. Aparentemente, en todos estos años parecía que simplemente la manera de describirme era como «Valentín», y en algunos casos como «demasiado Valentín». La sorpresa sucedió al encontrar ciertas regularidades en estos detalles o “gotitas”, y no sólo regularidades respecto de mí mismo, sino respecto de muchas otras personas.

En una hermosa comparación, mi mamá recordó este cuento de aquella colección de libritos para niños que, si bien tenían pocas hojas, su encuadernación era con hilo de coser (o quizás el hilo fue usado para la encuadernación cuando la original comenzó a romperse). Si bien es absurdo explicar cómo surge la comparación, el asunto es el alivio luego de haber podido ponerle un nombre a algo, en este caso, a muchos de mis aspectos y dificultades.

Sin duda soy un hombre de los nombres, a mi manera. Mi cabeza funciona con cajitas donde todo debe tener un lugar, y cuando no hay una donde poner algo es con facilidad que todo el almacén puede desordenarse. Peor aun, cuando ese desorden se hace excesivo, puedo perder el norte completamente y no es fácil localizarme, ni con el mejor de los mapas. En todos estos años aprendí muchos truquitos, como aquellos que en nuestro programa de radio deletreábamos para poder pasar cualquier nivel de cualquier videojuego, pero sin duda hay muchos más que aun no conozco.

En esta aventura que tomó un curso inesperado, yo mismo me fui mansito moviendo la cola, cuando al fin supe su nombre.

El hombre de los nombres

(lo que se acuerda mi mamá del cuento de Beatriz Ferro)

Había una vez un explorador que llegó a una isla desconocida. No figuraba en ningún mapa. Nunca nadie la había visitado. Como no tenía nombre la llamó Mantantirulirulá.

El hombre de los nombres se puso muy contento. Armó su carpa, instaló su radio y comenzó a explorar.

Cada día se dedicaba  a recorrer la isla y a ponerle nombre a cada cosa: montañas, ríos, plantas y animales.

A un árbol grande, de tronco grueso lo llamó palote. A otro, chiquito, lo llamó palito.

Al pájaro de cola grande y vistosa lo llamó plumero…a una arañita muy chiquitita la llamó tris.

Todas las noches conectaba la radio y trasmitía. “mantantirulirulá llamando, cambio” “la montaña más alta se llama cucurucha, el río que recorre la isla se llama serpentina, hay un bosque de palotes y otro de palitos, tris ha tejido una tela en el techo de mi carpa y plumero me sigue a todos lados.” Desde la base le comentaban lo contentos que estaban y después de decirse buenas noches decían ¡cambio y fuera y a la cama!

Una mañana el hombre de los nombres salió a recorrer la isla como todas las mañanas, atravesó el bosque de palitos, luego el bosque de palotes y se sentó a descansar a la orilla de Serpentina. Había algo raro en el aire, le pareció que “algo” lo estaba siguiendo…

A la mañana siguiente, lo mismo… esa rara sensación…

Esa noche encendió la radio y ya se disponía a trasmitir su informe

– Aquí Mantantirulirulá…

Cuando escuchó que  algo bajaba corriendo, bufando, por la ladera de Cucurucha… en pocos minutos la bestia estuvo al lado de la carpa. Bufaba, gruñía, mostraba los dientes…
a
“Cambio, cambio…¡socorro! Me ataca… me ataca…” y ahí se quedó callado porque el animal que estaba por comérselo vivo todavía no tenía nombre…

“¡Socorro! ¡Traigan el helicóptero! Me ataca un… un… (y viendo que la bestia tenía cuerpo de rinoceronte, pelo de oso y trompa de elefante)  dijo: ¡un  rinosofante enoooorme!”

El hombre de los nombres estaba a punto de desmayarse cuando pasó algo inesperado: la bestia se calmó, hizo un gruñido de felicidad y se fue mansita moviendo la cola. Al fin sabía su nombre.

Por el millón de amigos

En mi clase de Francés en la facultad nos dieron una consigna alrededor de las líneas “leer artículos en francés del tema elegido y luego escribir en castellano un artículo como si fuera para la revista de la facultad”. Las fuentes que consulté se encuentran en las referencias, al final del artículo.

Por supuesto que quedan muchas cuestiones por tratar, este es el primero de una serie de artículos al respecto.

¿Qué es Facebook?

Facebook es un sitio web gratuito perteneciente a la popular categoría de las ‘redes sociales’. Si bien puede rastrearse esta idea de ‘redes sociales’ en su sentido más contemporáneo hasta los años 90 con Geocities -posteriormente adquirida por Yahoo!- como su mayor ejemplo, fue recién una vez avanzado el Siglo XXI que se volvió a hablar de ellas con la aparición de sitios como MySpace.

Una de las cosas que distingue a Facebook es la facilidad que otorga a los programadores de aplicaciones web para poder desarrollar “programas” que van desde sistemas de trivias o preguntas y respuestas hasta videojuegos en los que se compite con otros amigos dentro de la red del usuario. Las posibilidades que se le dan a los desarrolladores son prácticamente ilimitadas. Entre otras cosas, pueden montarse aplicaciones que tengan que lidiar con dinero real dentro de la plataforma de Facebook, de esta manera podemos cobrar dinero “del mundo real” por un servicio que se brinda dentro de la mismísima plataforma.

Desde mediados de 2007 existen versiones en otros idiomas además del inglés y en enero de 2010 ya contaba con 380 millones de miembros y traducciones a 70 idiomas.
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