Cañita voladora conmigo

Se podían seguir las pisadas sobre la arena hasta donde ya no llegaba la vista y la costa se dibujaba como el rastro de una serpiente entre la ciudad y el mar. No me sentía muy cansado pero tampoco quería seguir caminando. Tenía aquella intuición de que estaba preparándose un espectáculo detrás de escena. Busqué en tus ojos de eclipse el brillo del sol que se preparaba para zambullirse en el océano.

Siempre me gustó que pudieras olvidarte de mi por momentos. Y no me refiero a los momentos en que me siento ignorado -sé que tratás de que eso no me pase-, sino a los momentos en que puedo mirarte sumida en vos misma. Me cuesta tanto preguntarte acerca de tus pensamientos. Confío, con cierta inseguridad, en que más tarde los compartirás conmigo.

La arena se mete en todo lo que llevamos puesto. Si no hubiera sido por tu sugerencia no hubiera llevado ningún abrigo. Tomé algunas cosas de mi mochila y me miraste con una de tus mejores miradas. Alguna vez leí algo acerca de realmente estar enamorado de alguien cuando conoces todas sus miradas. ¿Si cada vez que te miro encuentro una nueva mirada seré un pésimo amante?

Tomé un frasco y lo alejé unos diez metros de donde estábamos. La cañita voladora apuntaba al cielo y podía imaginarme una escena digna del Discovery Channel con los operadores de Cabo Cañaveral contando para atrás. Hacía mucho tiempo que no pasábamos tiempo juntos lejos de todo. Ya no había perros que corrieran por la playa y era fácil imaginarse que la ciudad entera se había ido a dormir. Terminé de juntar coraje para darte un beso al mismo tiempo que el sol terminaba de ocultarse. Las luces de la costanera alargaban nuestras sombras por metros hacia el agua. El sonido de las olas hacía de banda sonora a nuestra escena nocturna.

Te pregunté si nos volveríamos a ver y te volví a preguntar si me querías. Tomé mi abrigo y me preparé para apuntar y encender.

El cielo se iluminó sobre nosotros. Tomé el frasco y lo guardé de nuevo en la mochila. Me quedé un momento pensando en qué podría pasarle a las estrellas si yo dejaba de verlas.

Seguí caminando hacia la ciudad; atrás quedó un solo par de pisadas.

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