Entre susurros esperaremos la próxima función

– ¡Abrigate!

Mi mamá me advirtió. El invierno puede ser tanto una molestia como una aventura cada vez que salimos de casa. En muy poco tiempo el paisaje había perdido la mayoría de sus colores y si me hubiera guiado por mis ojos tranquilamente podría ser todo parte de una película en escala de grises, los copos de nieve haciendo las veces del ruido en la imagen de las proyecciones cinematográficas. Envuelto en el silencio con el que empiezan todos los poemas invernales; el crujir de mis pasos me recuerda que aunque el horizonte se disuelva un poco más adelante ya no estoy en el mismo lugar desde el que partí.

Cada tanto interrumpe el sonido de una rama que ya no pudo soportar el azote del clima y cedió para llegar finalmente al suelo donde quizás se convertirá en la casita de una familia recién formada de liebres y algún día se convierta en lo que alimentará a un retoño de alguno de esos árboles imponentes que ahora me protegen de la nieve que cae con todas las intenciones de teñirme de blanco. La pregunta acerca del ruido que hace una rama cuando se rompe en el bosque y no hay nadie escuchando parece tan lejana cuando eres el personaje principal del ejemplo contrario.


Basta con caminar tantos pasos como las veces que aparece la palabra amor en alguna canción de los Beatles para estar lejos de todo y empezar a pensar en que quizás el mundo se haya desvanecido en tu ausencia. Estoy en desacuerdo con lo trágico de esta anulación del paisaje que podría interpretarse a partir del blanco con el que se lo cubre todo. ¿Acaso no sigue todo en su lugar aunque no lo veamos? ¿Y cuando todo recupere su color qué habrá pasado con el blanco que ahora nos impide verlo? Camino por donde nunca nadie caminó antes pensando en que quizás sólo sea una capa de nulidad sobre lo demás. Sin considerarme ingenuo empiezo a confiar en que quizás durante el invierno existe un mundo posible en el que todo es y no es al mismo tiempo.

Estando tan protegido del paisaje, impidiendo que el invierno me recuerde lo hostil que puede ser con mi cuerpo se me ocurre que talvez me estoy perdiendo de algo. Me saco un guante y la mano humedecida y cálida empieza a derretir los copos que caen sobre ella. Tardan lo que tarda una estrella fugaz en iluminar un pedacito del cielo cuando miramos las estrellas en deshacerse y un instante más tarde hacernos tan difícil la tarea de recordar cómo era su forma anterior, geométricamente regular. Me parece que es una imagen lo suficientemente elocuente como para ejemplificar aquél dicho popular con el que suelen advertirte de lo fugaz de los acontecimientos: trata de vivir en el presente. Un segundo más tarde todo podría ser sólo gotitas de agua desparramadas sobre tu mano todavía cálida y húmeda, haciéndote difícil recordar cómo era tener un copo de nieve sobre ella.

¡Cuanto vigor puedo encontrar en la forma de resistir de este bosque! Invierno tras invierno nunca da a torcer su brazo y aunque muchos de sus más valiosos compañeros luego de decenas o quizás cientos de años de haberse preparado un año entero para la contienda finalmente sean vencidos, siempre lo habrán hecho con honor. ¿Y qué tal si todo este despliegue de ideas acerca de lucha constante está mal? Muchos señores biólogos fueron muy inteligentes en señalar que no hay una idea del bien de la naturaleza por el que todo se mueve y que todos esos disparates tan acertados de la selección natural no funcionan por el bien de nada, sino que sólo funcionan. Los árboles intentan lo más que pueden no darse por derrotados frente al invierno, pero cuando finalmente perecen sería un tanto desproporcionado decir que hubo ganadores y perdedores. Quizás todas estas ideas acerca del fracaso que me quitan las ganas de salir a pasear tengan algo que ver con con el árbol que se parte y cae pero sin embargo no le falla a si mismo ni le falla al bosque.
¿Y si pudiera explicarte mientras cocino una tarta de manzana al volver a casa que hay una manera de equivocarse sin fracasar? ¿Y si mientras esperamos a que el horno se caliente te digo que además hay una manera de probar que el fracaso depende de tantas cosas que tendrías que pasarte toda una tarde de primavera mientras afuera cae una leve llovizna haciendo garabatos sobre anotadores para entender por qué un fracaso por lo general implica algún éxito? ¿Y qué tal si el éxito mismo pudiera compararse con todas estas tonterías que digo acerca del fracaso?

Perdido en el medio de esta nada que lo cubre a todo -que para algunos podría ser un todo aún más evidente que el que había antes de que todo se tapara de blanco- por momentos me entusiasma encontrar algún rastro perdido de alguien que haya pasado por donde yo me encuentro, aunque también me entusiasma saber que ese camino por el que paso nunca antes fue recorrido por alguien más. La nieve entre sus magníficas cualidades cuenta la de renovarlo todo. Ese camino por el que pasé setecientas cincuenta y dos veces antes de pronto es nuevo y a juzgar por mi vista no hay ningún rastro anterior… ¡El mundo está esperando ser descubierto! Cuando la nieve se vaya no tendría sentido pensar que fue sólo una cuestión temporal el que los caminos fueran nuevos otra vez… La nieve lo único que hizo fue hacer evidente de un tortazo en la cara que ningún camino fue recorrido aunque alguien haya pasado por ahí.

El cielo ilumina de la exacta misma manera durante horas todo a mi alrededor haciendo imposible leer las agujitas de mi reloj biológico. Quizás estuve fuera de casa por horas o quizás sólo haya pasado un puñado de minutos. ¿Me estará extrañando alguien en casa? Seguramente. La panza comienza a cantar y el silencio que el invierno impone sobre nosotros no tarda en enmudecer el canto. Me tiro sobre la nieve y dibujo una figura, me levanto para comprobar que tengo alas y aunque no puedo volar he cumplido con esa tarea. No puedo volver a casa por el sendero que vine, ya no existe tal sendero. Camino despacito y me detengo para mirar al cielo y dejar que mi cara se desfigure por el ruido en la cinta que el invierno proyecta sobre mi. Además aprovecho para abrir la boca y dejar que se derritan esos instantes fugaces de nieve en ella. ¿Dónde estarán todos los animalitos del bosque?

En casa se acordaron de renovar el fuego, suena algún viejo disco de música escrita antes de que yo naciera que tranquilamente podría aprender a tocar con la guitarra que mi mamá compró cuando todavía iba al colegio que sin darse cuenta me terminó regalando. Cierro la puerta y no sólo el calor del aire me invita a desabrigarme, también lo hace la calidez de la idea de que si yo me hubiera hecho uno con aquella nulidad, habría tanta gente como la que puedo contar con mis manos que cada invierno miraría por la ventana y le preguntaría al paisaje qué es de mi.

Desde arriba suena su voz. No soy un entusiasta del té, pero cuando ella me pidió que pusiera agua para calentar me pareció una buena idea.

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