Un balcón sobre el valle

Parte 1: http://yogurconcopos.com.ar/2010/02/palabras-simples-que-nunca-supiste-pronunciar/

Parte 2: http://yogurconcopos.com.ar/2010/06/el-salon-de-bienvenida/

Ningún lugar, por más lejos que se encuentre o por más extraño que nos resulte en primer instancia, se nos evade de la familiaridad si le damos tiempo. El pequeño pueblo que nos llenó de entusiasmo e invitó a vivir el primer día del resto de nuestras vidas luego de cinco semanas ya se sentía como casa. Puede que no haya sido mucho tiempo, pero cambiar de planeta no es como cruzar el océano. No era nuestro primer viaje y habíamos vivido muchas veces los límites del idioma al visitar países donde la lengua común no era la norma, pero nunca nada como esto. No entender las palabras era la última de nuestras preocupaciones: durante varios días sentimos que no podíamos siquiera entender a nuestros cuerpos.

Encontramos la nueva casa tal como recordábamos haberla diseñado usando el catálogo que acompañaba al permiso de viaje. Aunque jamás hubiéramos imaginado que el aire sería tan denso a pesar de la altura. Tan poca confianza teníamos en que recibiríamos aquel preciado permiso que nos decidimos a elegir la casa de nuestros sueños o, al menos, la casa que más se le pudiera parecer de acuerdo a las opciones del catálogo.

“Sobre la montaña, como un balcón sobre el valle”, había sugerido Ornella, y con eso bastó para ubicar el tilde junto a las opciones que correspondían. El comité de bienvenida se encargaría de construirla una vez que nuestro permiso de viaje fuera aprobado.

Nuestra falta de fe, después de todo, no carecía de motivos. En los años previos al Éxodo terrestre cualquier división social se había disuelto para dar lugar a la nueva distinción: el uno por ciento y luego el resto. Los primeros eran aquellos que serían podrían dejar la Tierra, mientras que el resto debería protagonizar forzosamente la reconstrucción.

La aprobación del permiso requería superar la más feroz de las burocracias. Y si bien el criterio más obvio era el dinero, el Éxodo contemplaba otros capitales. Por eso -y para nuestra sorpresa- Ornella y yo pudimos viajar. Un tecnólogo y una profesora de piano que, de acuerdo a los algoritmos de selección, lograban el puntaje necesario para una cómoda posición en el codiciado uno por ciento. Alguna vez escuchamos que las parejas complementarias (así nos calificaba el sistema), tenían más chances, pero no lo tuvimos en cuenta realmente.

Luego de algunas copas de Chardonnay, Ornella solía concluir que si como de una película se tratara y pudiera dirigir su vida desde el principio, lo dejaría todo tal como había sido. Siempre me gustó eso de ella. Desde muy pequeño me costó entender a las otras personas y ella no fue excepción. Mi curiosidad por ella era inescapable, quería conocerla. Supe, por primera vez, que algo pasaba cuando me encontré deseando más tenerla cerca que entenderla. Habiendo dedicado una vida a entender los mecanismos de todo lo que me rodeara -y así haber logrado hacerme cierto nombre en cierto mundo- mi sorpresa no tenía igual.

Nunca hubo un título que nos sentara bien. Ni yo era un experto en tecnología sin más ni ella una mera profesora de piano. Aún hoy creemos que fue la forma en que siempre hicimos todo lo que nos distinguió. Sus clases a veces figuraban más en libros publicados en otros idiomas que en carteleras. Ornella no enseñaba clases de música; la música resultaba ser un accesorio a algo más que lograba transmitir. Como si de una clase magistral de filosofía se tratara, sus estudiantes salían revigorizados. Siempre sintió pasión por lo que le interesaba, y ciertamente ser una figurita de renombre jamás estuvo en sus intereses, y eso le molestaba mucho. Su reputación es algo que jamás pidió, y siempre respeté eso.

Muy temprano en nuestra relación, y de manera muy orgánica, optamos por dejar de lado al mundo. Desde las paredes cubiertas con libros a obviar las noticias y evadir como si de proyectiles se tratara cualquier mención de nuestros nombres. “No me gusta que nos distraigan de lo que hacemos bien. Y ser caricaturas ciertamente no lo es.” me dijo golpeando la mesa de nuestro primer departamento con un periódico de papel -no mucho tiempo antes de que dejaran de imprimirse. No hizo falta volver a discutirlo y nos dedicamos a la vida tranquila que añoramos durante meses en interminables conversaciones por correo electrónico.

Pero ahí estaba el mensajero con nuestro permiso de viaje aprobado aquel octubre. En un guiño innecesario entre patético y ostentoso, el “Comité de bienvenida” enviaba mensajeros que personalmente entregaban el permiso. Como podría haberse esperado, el gesto terminaba resultando repugnante. Muchos se mofaron de haber llegado al uno por ciento, y los disturbios no tardaron en brotar en todas partes del mundo. Nuestra vieja residencia terrestre había quedado despoblada mucho antes de aquel octubre. La fiebre por una posible movilidad social llevó a centenares de personas a intentar ocupar las casas y mansiones de los exiliados. Sin embargo, gran parte de estas residencias fueron demolidas con la partida de sus dueños e inclusive, en los casos más enfermizos, fueron llenas de explosivos a la espera de algún intruso. Nuestra vida lejos del mundo nos era suficiente, pero motivos para querer dejar la Tierra nunca le faltaron a nadie.

El año anterior al viaje no había sido un gran año. Como si de lamentarse por una cosecha perdida se tratara, nunca la había visto tan frustrada. Tras años de saltar de carrera en carrera como si de charcos se tratara, aquel semestre lo comenzó sin estudios y harta de sus clases. Prácticamente hastiada de la vida que había llevado. No porque no le gustara o no se sintiera a gusto sino porque por primera vez en mucho tiempo las cosas eran peligrosamente similares año a año, y eso paradójicamente la inundaba con vértigo.

En mi caso, los últimos años se habían convertido en experimentos de escritura y todo tipo de desafíos, con más aciertos que fracasos. A diferencia de ella, nunca fui muy entusiasta de los cambios. Suelo florecer en la estabilidad. Es por ello que siempre nos unió la forma en que cada uno podía sumarse a la vida del otro, sin suponer conflicto. Mi cuota de estabilidad se equilibraba con gracia con su cuota de dinamismo. Siempre fuimos un gran equipo.

Pero aquel año no lo supe ver. Ornella no buscaba algo nuevo, ni era tan simple como frustrarse por la falta de cambio, sino que el mundo en el que vivíamos ya no nos servía como hubiéramos querido. Todo eso podría cambiar con nuestro balcón sobre el valle, si las imágenes eran en alguna medida fieles a la realidad. Siempre fui muy atento a los detalles, y para una persona de la complejidad de ella eso siempre me hizo su mejor candidato. Por eso supe, aún sin entenderlo, que ese año era distinto, y que con aquella visita inesperada la marea comenzaría a cambiar. Con ese sobre de papel algo se puso en marcha, y aunque de forma casi indetectable, alcancé a notarlo. Poco más de un mes luego del viaje, la mujer que me había enseñado a apreciar de verdad los colores comenzaba a hacer sonar otra vez sus más lindos acordes.

Imagen de blmiers2, bajo licencia BY-NC-SA 2.0

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