In memoriam: José Saramago

Reproduzco, cortesía del blog de LibrosEnRed, un texto publicado como motivo de la muerte del escritor portugués José Saramago, el pasado 18 de junio de 2010.
Saramago había recibido el Premio Nobel de Literatura en 1998 por su capacidad para "volver comprensible una realidad huidiza, con parábolas sostenidas por la imaginación, la compasión y la ironía". Su arte puede encontrarse en libros Todos los nombres, Historia del cerco de Lisboa, Ensayo sobre la ceguera y El Evangelio según Jesucristo.
De su discurso de aceptación del Premio Nobel, tomamos algunos fragmentos que son muestras de su humanismo como pensador, de su diposición casi antiintelectual a la hora de escribir y de la valoración de sus antepasados en su formación como persona y como escritor:
Charles Darwin y su visita al Río de la Plata

Esta mañana compartieron conmigo un artículo de Adrián Paenza en el que recupera un texto escrito por Charles Darwin durante su expedición en el HMS Beagle por el sur de América. En dicho artículo, Darwin hace algunas interesantes observaciones.
Por Adrián Paenza*
Publicado en el diario Página 12, del 7 de setiembre de 2007 [enlace original]
En este apasionado viaje por distintos lugares de la vida, quiero recuperar un texto del científico inglés Charles Darwin, quien con su teoría sobre la evolución y la selección natural cambió la historia de la humanidad para siempre.
Darwin estuvo mucho tiempo en la Argentina. Desde 1831 a 1836 viajó como naturalista a bordo de la nave inglesa “H.M.S. Beagle”. En realidad, Darwin formaba parte de una expedición que pretendía dar la vuelta al mundo en barco.
Después de leer el texto que escribió en 1833, se darán cuenta de que muchas de las cosas que nos pasan a los argentinos tienen un origen más antiguo del que nosotros mismos creemos.
¿Qué es el alma?

El siguiente es un texto del libro "Elogio de la ociosidad" (ISBN: 9788435027076) del magnífico Bertrand Russell.
¿Qué es el alma?
(Escrito en 1933)
Uno de los rasgos más dolorosos de los recientes avances de la ciencia es que cada uno de ellos nos hace saber menos de lo que creíamos saber. Cuando yo era joven, todos sabíamos, o creíamos saber, que un hombre consta de un alma y un cuerpo; que el cuerpo existe en el tiempo y en el espacio, pero el alma solamente en el tiempo. Si el alma sobrevive a la muerte, era una cuestión acerca de la cual las opiniones podían diferir; pero que había un alma era tenido por indudable. En cuanto al cuerpo, el hombre sencillo, desde luego, consideraba su existencia como evidente por sí misma; y lo mismo ocurría con el hombre de ciencia; pero el filósofo era capaz de analizarlo de acuerdo con una u otra moda, reduciéndolo, por lo general, a ideas en la mente del hombre que tenía el cuerpo en cuestión, y en la de algún otro que diese en reparar en él. Nadie tomaba en serio al filósofo, sin embargo, y la ciencia continuaba siendo cómodamente materialista, aun en manos de científicos completamente ortodoxos.
Larga vida a la sismología democrática

Chile sobrevivió su enorme terremoto relativamente bien. Irán sería otra historia.
Por Christopher Hitchens - Publicado el lunes 1 de marzo de 2010 [enlace original]
Traducción por Valentín Muro - Corrección Pablo Flores
En sus días en el antiguo y formal Times de Londres de los años 30, Claud Cockburn ganó un premio dentro del periódico por el titular más aburrido con “Pequeño terremoto en Chile: no hubo muchas muertes”. Fue tanta la vigencia de este chiste –que me apresuro a aclarar fue a expensas del Times y no del pueblo de Chile—que cuando Alistair Horne, el historiador anti-Allende y pro-Kissinger, escribió su libro acerca del gobierno de la Unidad Popular de los años 70 lo llamó “Pequeño terremoto en Chile” (Small Earthquake in Chile). Casi al mismo tiempo, escribiendo su memorable epitafio para Salvador Allende, Gabriel García Márquez habló de las agradables peculiaridades de los chilenos y exageró un poco su realismo no-mágico cuando dijo:
Chile tiene un promedio de un temblor de tierra cada dos días y un terremoto devastador cada tres años. Los geólogos menos apocalípticos consideran que Chile no es un país de tierra firme sino una cornisa de los Andes en un océano de brumas, y que todo el territorio nacional, con sus praderas de salitre y sus mujeres tiernas, está condenado a desaparecer en un cataclismo.

