El salón de bienvenida

Aquí continúa la segunda parte del relato que comencé en febrero.
- Despierta... Todo salió bien. - dije mientras ella todavía dormía.
- ¿No se prendió ninguna de las luces, verdad? - preguntó Ornella entre bostezos.
- Ninguna. Todo salió bien.
Un par de hombres con ajustados trajes blancos y máscaras que tapaban sus caras vinieron en nuestro auxilio. Desde que habíamos llegado el aire comenzaba a humedecerse más y más. Nos ayudaron a soltar los cinturones y nos dieron la bienvenida. Después de todo lo que habíamos pagado por este viaje era lo mínimo que podíamos recibir. Sin embargo, ni ella ni yo hubiéramos hecho algún reclamo. Su cara recobraba el color a medida que salía de su ensueño. Gentilmente los hombres de blanco la ayudaron a incorporarse.
- Estaremos esperándolos afuera, pueden tomarse el tiempo que necesiten. -dijo uno de ellos mientras junto al resto abandonaba la sala.
Sentados en las butacas nos miramos. Parecíamos más jóvenes que antes de partir. Comenzaron a descubrirse las ventanas. La luz violácea ganaba terreno mientras la iluminación artificial cedía.
Palabras simples que nunca supiste pronunciar

Siempre me fue difícil entender cómo podías no preocuparte por lo que había de la ventana hacia afuera. Los últimos meses habían estado repletos de cartas de parientes lejanos, tardes enteras de etiquetar todo lo que aún nos quedaba en la casa y recordar cómo solíamos sentirnos cada verano cuando el sol se despedía y nosotros mutábamos en lo que fuera que nos convertíamos.
Tomé tu mano y, deteniéndote mientras ordenabas, te miré a los ojos intentando no atravesarte con la mirada. No parecías querer decir nada, ni siquiera protegida como estabas por ese silencio. Quizás haya pasado medio minuto cuando algún distante sonido nos sirvió de excusa para volver a lo que estábamos haciendo. No volvimos a cruzar la mirada hasta que ya se había disipado toda luz natural.
Tendido en el sillón, sosteniendo un vaso que me hacía doler los dedos cuando olvidaba soltarlo, miré cómo se encendía la ciudad o lo que quedaba de ella. El edificio que solía hacernos sombra cuando tomábamos sol en el jardín ahora dibujaba siluetas sobre el resto del barrio. Los helicópteros zumbaban como insectos, mucho más alto que lo que alguna vez haya estado, convirtiendo al cielo sin estrellas en las paredes de un frasco con bichitos de luz que tan gustosamente podía ver desde el fondo.
Hacia la bahía

limpiaba el vapor del espejo del baño mientras recordaba cómo era la última vez que estabas esperándome del otro lado de la puerta. recordaba cada una de las líneas que intercambiamos como si no supiéramos que era todo parte de la misma escena en la que las cicatrices eran anécdotas que ni siquiera hacía falta recordar. apenas si me sacudía cuando estabas cerca y trataba de controlar mis nervios. sabíamos que estaba todo bien y no encontraríamos motivos para asustarnos aunque lo intentáramos con todas nuestras fuerzas.
¿cómo hice para sobrevivir? nunca tuve mala memoria pero no puedo imaginar cómo hice para seguir adelante. solté las amarras y con un poco de esfuerzo puse en marcha el pequeño motor de la lancha que encontré en la bahía. sabía lo que dejaba atrás pero con todo el coraje que pude recuperar salpicado entre mis cosas me dediqué a mirar hacia ese horizonte de fantasía y no volví la mirada una sola vez. si alguien me quiso decir algo no lo pude escuchar por las canciones que se escuchaban dentro de mi cabeza. quizás haya sentido el sudor frío por la espalda mientras el paisaje que me acompañó durante decenas de atardeceres y miles de mañanas frescas se disolvía como una pintura bajo la lluvia. no tengo miedo.
Volveré pronto y seremos otra vez

Con esa timidez característica me sorprendió cuando salía, y una gotita aquí y otra por allí empezaron a salpicarse las baldosas que tan cuidadosamente esta mañana algún portero habrá limpiado, como todas las mañanas. Seguí caminando, me puse mis lentes oscuros para esconder mi mirada, o quizás para hacerla más interesante, desenredé el manojo de cables que una hora antes todavía era un par de auriculares, intenté acomodar mi pelo para lo que venía. Esperé valientemente en la esquina a que cambiaran las luces mientras las personas tomaban tantas pero tantas decisiones difíciles. Se detuvieron los colectivos y por un segundo la tierra dudó si seguir girando o no, y la luz finalmente se puso verde. Yo sé que ellos sabían lo que se venía, no tenían ni una sola duda.
Las baldosas sin ningún problema empezaron a mutar en aceitosas sartenes y las zapatillas con una suela que no serviría para jugar al fútbol -como las mías- hacían las veces de milanesas que paso a paso dudaban si iban a poder dar el siguiente paso sin darlo en falso. Los colores de todo lo que tenía color comenzaron a cambiar y unos se pusieron más oscuros y otros se dieron vuelta por completo, otros desaparecieron y, quizás por efecto de mis lentes oscuros, se volvieron parte del gris que el cielo sin perder un segundo empezó a desparramar por la ciudad. No puedo contra la tentación… Cada vez que hay un atisbo de felicidad en mi pecho tengo que mirar al cielo. Siento desilusionar a alguno si no busco nada en particular, porque cuando miro al cielo es sólo porque quiero ver el cielo.
Y nunca más rasparse las rodillas al caer

Estaba llegando a la estación de servicio cuando afortunadamente recuperé aquella conclusión de que me encanta vivir y de que todo se arregla sonriendo más. Miré algunos de los autos que esperaban ansiosamente el cambio de luces y traté de distinguir alguno que pudiera reconocer. Por supuesto que no reconocí ninguno, fue una idea absurda desde el principio. Crucé la puerta y los empleados hablaban de algo que no pude entender. Espero no sea que tengo una necesidad innata de entender todas las conversaciones ajenas. Tomé una gaseosa y en el mostrador, haciendo una de esas famosas compras de último momento tomé un chocolatín. Le pagué al empleado mientras la chica linda que a veces atiende y que una vez me hizo ir hasta mi casa a buscar mi documento para pagar con tarjeta de crédito y volver miraba desde un costado. Siempre pienso en esas escenas hollywoodescas en las que uno toma coraje como si se tratara de tirar de un piolín en el bolsillo del pantalón y cuando ella pregunta “¿Algo más?” nuestro personaje le responde “Sí… ¿Me darías tu teléfono junto con esos caramelos?”
