Volveré pronto y seremos otra vez

Con esa timidez característica me sorprendió cuando salía, y una gotita aquí y otra por allí empezaron a salpicarse las baldosas que tan cuidadosamente esta mañana algún portero habrá limpiado, como todas las mañanas. Seguí caminando, me puse mis lentes oscuros para esconder mi mirada, o quizás para hacerla más interesante, desenredé el manojo de cables que una hora antes todavía era un par de auriculares, intenté acomodar mi pelo para lo que venía. Esperé valientemente en la esquina a que cambiaran las luces mientras las personas tomaban tantas pero tantas decisiones difíciles. Se detuvieron los colectivos y por un segundo la tierra dudó si seguir girando o no, y la luz finalmente se puso verde. Yo sé que ellos sabían lo que se venía, no tenían ni una sola duda.

Las baldosas sin ningún problema empezaron a mutar en aceitosas sartenes y las zapatillas con una suela que no serviría para jugar al fútbol -como las mías- hacían las veces de milanesas que paso a paso dudaban si iban a poder dar el siguiente paso sin darlo en falso. Los colores de todo lo que tenía color comenzaron a cambiar y unos se pusieron más oscuros y otros se dieron vuelta por completo, otros desaparecieron y, quizás por efecto de mis lentes oscuros, se volvieron parte del gris que el cielo sin perder un segundo empezó a desparramar por la ciudad. No puedo contra la tentación… Cada vez que hay un atisbo de felicidad en mi pecho tengo que mirar al cielo. Siento desilusionar a alguno si no busco nada en particular, porque cuando miro al cielo es sólo porque quiero ver el cielo.

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Y nunca más rasparse las rodillas al caer

Estaba llegando a la estación de servicio cuando afortunadamente recuperé aquella conclusión de que me encanta vivir y de que todo se arregla sonriendo más. Miré algunos de los autos que esperaban ansiosamente el cambio de luces y traté de distinguir alguno que pudiera reconocer. Por supuesto que no reconocí ninguno, fue una idea absurda desde el principio. Crucé la puerta y los empleados hablaban de algo que no pude entender. Espero no sea que tengo una necesidad innata de entender todas las conversaciones ajenas. Tomé una gaseosa y en el mostrador, haciendo una de esas famosas compras de último momento tomé un chocolatín. Le pagué al empleado mientras la chica linda que a veces atiende y que una vez me hizo ir hasta mi casa a buscar mi documento para pagar con tarjeta de crédito y volver miraba desde un costado. Siempre pienso en esas escenas hollywoodescas en las que uno toma coraje como si se tratara de tirar de un piolín en el bolsillo del pantalón y cuando ella pregunta “¿Algo más?” nuestro personaje le responde “Sí… ¿Me darías tu teléfono junto con esos caramelos?”

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