Entre susurros esperaremos la próxima función

– ¡Abrigate!

Mi mamá me advirtió. El invierno puede ser tanto una molestia como una aventura cada vez que salimos de casa. En muy poco tiempo el paisaje había perdido la mayoría de sus colores y si me hubiera guiado por mis ojos tranquilamente podría ser todo parte de una película en escala de grises, los copos de nieve haciendo las veces del ruido en la imagen de las proyecciones cinematográficas. Envuelto en el silencio con el que empiezan todos los poemas invernales; el crujir de mis pasos me recuerda que aunque el horizonte se disuelva un poco más adelante ya no estoy en el mismo lugar desde el que partí.

Cada tanto interrumpe el sonido de una rama que ya no pudo soportar el azote del clima y cedió para llegar finalmente al suelo donde quizás se convertirá en la casita de una familia recién formada de liebres y algún día se convierta en lo que alimentará a un retoño de alguno de esos árboles imponentes que ahora me protegen de la nieve que cae con todas las intenciones de teñirme de blanco. La pregunta acerca del ruido que hace una rama cuando se rompe en el bosque y no hay nadie escuchando parece tan lejana cuando eres el personaje principal del ejemplo contrario.
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Palabras simples que nunca supiste pronunciar

Siempre me fue difícil entender cómo podías no preocuparte por lo que había de la ventana hacia afuera. Los últimos meses habían estado repletos de cartas de parientes lejanos, tardes enteras de etiquetar todo lo que aún nos quedaba en la casa y recordar cómo solíamos sentirnos cada verano cuando el sol se despedía y nosotros mutábamos en lo que fuera que nos convertíamos.

Tomé tu mano y, deteniéndote mientras ordenabas, te miré a los ojos intentando no atravesarte con la mirada. No parecías querer decir nada, ni siquiera protegida como estabas por ese silencio. Quizás haya pasado medio minuto cuando algún distante sonido nos sirvió de excusa para volver a lo que estábamos haciendo. No volvimos a cruzar la mirada hasta que ya se había disipado toda luz natural.

Tendido en el sillón, sosteniendo un vaso que me hacía doler los dedos cuando olvidaba soltarlo, miré cómo se encendía la ciudad o lo que quedaba de ella. El edificio que solía hacernos sombra cuando tomábamos sol en el jardín ahora dibujaba siluetas sobre el resto del barrio. Los helicópteros zumbaban como insectos, mucho más alto que lo que alguna vez haya estado, convirtiendo al cielo sin estrellas en las paredes de un frasco con bichitos de luz que tan gustosamente podía ver desde el fondo.

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