El hombre de los nombres

Hace no mucho más de una semana, luego de varias reuniones, una gran madre, otra gran doctora, bastante valentía y otra parte importante de estímulo de una gran amiga, hicimos un gran descubrimiento. Sin duda uno que sirve de explicación a una gran cantidad de pequeñas “gotitas” de rarezas mías. Aspectos que me definen como persona pero que no siempre pudimos entender por qué estaban ahí y por qué eran tan difíciles de corregir, asumiendo que debían ser corregidos.

El asunto de por qué hay tantas cosas que no entiendo, como la manera en que actúan los demás y la manera en que muchas veces se espera de mí que actúe, mientras que otras las entiendo con ridícula facilidad. Aparentemente, en todos estos años parecía que simplemente la manera de describirme era como «Valentín», y en algunos casos como «demasiado Valentín». La sorpresa sucedió al encontrar ciertas regularidades en estos detalles o “gotitas”, y no sólo regularidades respecto de mí mismo, sino respecto de muchas otras personas.

En una hermosa comparación, mi mamá recordó este cuento de aquella colección de libritos para niños que, si bien tenían pocas hojas, su encuadernación era con hilo de coser (o quizás el hilo fue usado para la encuadernación cuando la original comenzó a romperse). Si bien es absurdo explicar cómo surge la comparación, el asunto es el alivio luego de haber podido ponerle un nombre a algo, en este caso, a muchos de mis aspectos y dificultades.

Sin duda soy un hombre de los nombres, a mi manera. Mi cabeza funciona con cajitas donde todo debe tener un lugar, y cuando no hay una donde poner algo es con facilidad que todo el almacén puede desordenarse. Peor aun, cuando ese desorden se hace excesivo, puedo perder el norte completamente y no es fácil localizarme, ni con el mejor de los mapas. En todos estos años aprendí muchos truquitos, como aquellos que en nuestro programa de radio deletreábamos para poder pasar cualquier nivel de cualquier videojuego, pero sin duda hay muchos más que aun no conozco.

En esta aventura que tomó un curso inesperado, yo mismo me fui mansito moviendo la cola, cuando al fin supe su nombre.

El hombre de los nombres

(lo que se acuerda mi mamá del cuento de Beatriz Ferro)

Había una vez un explorador que llegó a una isla desconocida. No figuraba en ningún mapa. Nunca nadie la había visitado. Como no tenía nombre la llamó Mantantirulirulá.

El hombre de los nombres se puso muy contento. Armó su carpa, instaló su radio y comenzó a explorar.

Cada día se dedicaba  a recorrer la isla y a ponerle nombre a cada cosa: montañas, ríos, plantas y animales.

A un árbol grande, de tronco grueso lo llamó palote. A otro, chiquito, lo llamó palito.

Al pájaro de cola grande y vistosa lo llamó plumero…a una arañita muy chiquitita la llamó tris.

Todas las noches conectaba la radio y trasmitía. “mantantirulirulá llamando, cambio” “la montaña más alta se llama cucurucha, el río que recorre la isla se llama serpentina, hay un bosque de palotes y otro de palitos, tris ha tejido una tela en el techo de mi carpa y plumero me sigue a todos lados.” Desde la base le comentaban lo contentos que estaban y después de decirse buenas noches decían ¡cambio y fuera y a la cama!

Una mañana el hombre de los nombres salió a recorrer la isla como todas las mañanas, atravesó el bosque de palitos, luego el bosque de palotes y se sentó a descansar a la orilla de Serpentina. Había algo raro en el aire, le pareció que “algo” lo estaba siguiendo…

A la mañana siguiente, lo mismo… esa rara sensación…

Esa noche encendió la radio y ya se disponía a trasmitir su informe

– Aquí Mantantirulirulá…

Cuando escuchó que  algo bajaba corriendo, bufando, por la ladera de Cucurucha… en pocos minutos la bestia estuvo al lado de la carpa. Bufaba, gruñía, mostraba los dientes…
a
“Cambio, cambio…¡socorro! Me ataca… me ataca…” y ahí se quedó callado porque el animal que estaba por comérselo vivo todavía no tenía nombre…

“¡Socorro! ¡Traigan el helicóptero! Me ataca un… un… (y viendo que la bestia tenía cuerpo de rinoceronte, pelo de oso y trompa de elefante)  dijo: ¡un  rinosofante enoooorme!”

El hombre de los nombres estaba a punto de desmayarse cuando pasó algo inesperado: la bestia se calmó, hizo un gruñido de felicidad y se fue mansita moviendo la cola. Al fin sabía su nombre.

Simpatía de frambuesa

Estuve todo el día pensando en vos. Me levanté y apenas pude me puse a ordenarlo todo. Creo que me conocés lo suficiente como para saber que hay algunas cosas que necesito hacer para sentirme cómodo. Aproveché y limpié toda la habitación. Me da lástima haber arruinado dos cubrecamas con sangre.

Canté desde el fondo de lo que soy hasta que mi garganta me recordó que me estoy enfermando. Tomé un té y rompí una taza. Aunque sabía que no iba a poder realmente arreglarla, pegué todos los pedazos y noté lo bien que me hacía ese pasatiempo. Quizás eso diga más de mi personalidad que las biografías que puedo esbozar sobre mesas de bares usando la humedad que dejan los vasos sobre la superficie como tinta.
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